Las ramas de los árboles adornaban las soledades. El encanto de los ecos encendían los recuerdos de aquellos que caminaban por aquella alameda durante la primavera, mi llanto en silencio contemplaba las aves que dibujaban el cielo, mientras yo en el asiento, miraba cómo el tiempo erguía nostalgia.
Fue inevitable olvidar los pasos que se sucedieron en dicho cruce de avenidas, que un día acogieron un par de sombras enamoradas. Los ruidosos automóviles iban y venían, al mismo tiempo que yo proseguí con mi camino hasta llegar a casa. Los minutos se perdían, y mi esperanza también.
Me volví a sentar, esta vez para esperar tener algún encuentro impropio, digno del azar de la voluntad secreta de mi alma, que aunque yo no era conciente de ello, deseaba en demasía. Aguardando por su recorrido, manejé la posibilidad de acercarme un poco más a la vereda, pero supuse que su intuición me jugaría una mala pasada, la cual en momentos anteriores fue muy relevante.
Las nubes caminaban en lo alto, y yo en la misma madera, paciente pero ansioso, tal cual como en nuestro último primer encuentro, cuando yo no buscaba salidas ni entradas, y el pasillo al andar era nuestro.
Me puse de pié cuado observé una extraña silueta a lo lejos, que venía desde el fondo de la calzada rodeada de lángidos árboles que espiaban mi espera, caminé de frente para que pareciera obra del destino aquel cruzamiento de miradas... fue grande mi sorpresa al ver que ese rostro de apresurada dama me era muy conocido, no la pude reconocer a pesar de la exigencia memorística, sólo me limité a verla pasar a mi costado.
Era evidente que estaba asediado por el recuerdo inconcluso, en lugar tan conocido e impropio como aquellas calles, una lluvia invisible que cubría mis ojos, las lágrimas cristalinas cayeron... cuando volteé la mirada, miré y ella estaba empapada con su presente, mirando su pasado.
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